¿Natural o Cesárea? La Llegada de Emilia María

Hay tres preguntas que la gente te hacen cuando estás embarazada.

1. ¿Qué tiempo tienes?

2. ¿Hembra o varón?
3.¿Natural o cesárea?

Mi primera hija fue cesárea. Sin embargo, después de los dos años ya el cuerpo está listo para pujar. Yo confío a ojos cerrados en la voluntad de Dios. A mi entender, El está en control y tomará las decisiones que más me convendrán. Puede parecer cursi, pero en todo momento yo tenía claro que la decisión de si Emilia llegaría por parto natural o cesárea se vería influenciada por cual de las dos El quisiera que yo cuente. Compartir mi vida por las redes sociales viene con un sacrificio muy grande, el cual a veces me cuesta mucho, y es el de no tener privacidad. Exponerme a que me juzguen, abriendo las puertas a que otros quieran opinar sobre temas que quizás malinterpretan muchas veces me agobia. Sin embargo, los correos y mensajes que recibo constantemente de parte de mis lectoras me convencen que vale la pena. Saber que estoy ayudando a que otra persona se siente identificada me alienta, me motiva a continuar en esta loca aventura de contar sobre detalles de mi vida a extraños.

Durante la semana número 39 de mi embarazo, salió a relucir que la bebé tenía una vuelta del cordón umbilical en el cuello. Esto no necesariamente implica que no pueda darse un parto natural, pero mi doctor prefirió optar por la cesárea. Confieso que tenía mucha ilusión con tener un parto natural, pero no lo cuestioné. Pensé que si Dios así lo quiso, por algo era.

Yo trabajé hasta el final del embarazo. Tengo la gran bendición de amar mi trabajo, por lo que no quería desaprovechar ni un segundo, pues estaba muy clara que una vez llegara la bebé estaría en casa por un buen tiempo. El día antes de la cesárea lo tomé para prepararme, realizando todo lo relevante a la belleza y haciendo diligencias. A las diez de la noche fue que me dio como un golpe abrupto al corazón. Mi cerebro registró que en pocas horas estaría llegando un nuevo integrante a nuestra familia. Se que es absurdo, pero me pasé el embarazo tan ocupada que realmente no registré a fondo la magnitud de lo que iniciaba. Recuerdo que haciendo la lista del baby shower fue que mi cerebro hizo el “click” de que pronto tendría una nueva muñeca con quien jugar, pero no me di tiempo para digerir la información. Mi esposo se durmió (ese señor necesita su descanso para poder funcionar) y me quede entre dormitando y orando, entregando el próximo día al Señor.

 

Amaneció. Me paré de la cama antes de que sonara la alarma. Elegí un atuendo cómodo, sin olvidar los accesorios. Hasta el último momento di mi máximo esfuerzo en sentirme bien puesta. Me monté en el ascensor y me tomé un selfie, la última documentación de miles sobre la estadía de mi hija dentro de mi. Caballos galopaban en mis entrañas, la emoción llenó mi corazón, de saber que la próxima vez que volviera a mi hogar sería con mi hija en brazos.

Llegamos a la clínica e inmediatamente me puse a organizar la mini mudanza que llevé conmigo. Claire, la doula que me acompañaría para el parto, estuvo en todo momento brindando su ayuda. Las doulas están para acompañar a las madres durante el proceso del parto. Su presencia es invaluable, su apoyo ayuda a que el proceso menos traumático, tanto durante la aplicación del epidural (cuando no permiten la entrada de esposos) como cuando están cerrando la herida (que los padres abandonan las madres por los bebes).

Llegó Natalia, la persona que estaría documentando con fotos y video la llegada de mi hija. Era muy importante para mi tener un video del momento en que Amalia conociera a su hermanita. Es algo que tenía años esperando y era muy crucial tener ese recuerdo tangible, para poder volver a re-vivir junto a ella algo tan especial. Llegó mi mamá y mis hermanos. Mis sostenes, mis amores.
 

Todo listo en la habitación, entran las enfermeras a informarme que era momento de iniciar el proceso. Me puse mi batica (no supero la vergüenza de tener que andar tan vulnerable ante los médicos y las enfermeras, en serio que tienen que inventarse otro outfit para los procedimientos de naturaleza quirúrgica) y en eso entra Franco, el anestesiólogo. Yo hago muy mala anestesia, por lo que mi mamá estaba a mano para repetirle veinte veces que por favor me cuidara bien. Yo fui muy clara: no quería que me noquearan, quería estar lucida para hacer el primer contacto desde que me la sacaran. Con la primera había quedado rendida en el proceso, cuando la vine a conocer ya tenía aretes y lazo puesto. Luego de asegurarnos que sí, que por supuesto que me iba a cuidar bien, me mira tranquilamente y me informa que había que sacarme cinco tubos de sangre para el proceso de las células madres.

Es prudente informarles que yo le tengo pánico a que me saquen sangre. Cuando era chiquita mi papá me decía “Si te mueves, se rompe la aguja y te mueres,” lo cual creó un sentimiento intenso de rechazo de mi parte hacía la idea de que siquiera me TOQUEN la parte interior del codo. Cuando ese hombre ha dicho que había que sacarme cinco tubos yo tuve toda intención de cancelar ahí mismo lo del cordón umbilical. Es en serio, yo no estoy relajando.

En ese momento mi esposo intervino, abrazándome y haciendo unos chistecitos. Inicié respiración profunda y me pincharon. Les cuento que solo llenaron un tubo. Estaba tan tensa que el doctor decidió que me la sacaría en la sala de cirugía.

A partir de ese momento sentía como si tuviera sobre mi pecho un block de cemento congelado. Mi corazón latía fuertemente. Ahí comenzaron a aterrizar violentamente pensamientos sobre mi.

¿Y si me pasa algo?
¿Y si luego no estoy para cuidar de mis hijas?
¿Quién va a cuidar a mis muchachitas?

Al instante comenzó una marcha de palabras, retumbando en mi ser. El Señor es mi pastor, nada me faltará. NO. Hoy todo iba a salir bien. NADA feo iba a suceder.

Respiré profundo y le dije a la enfermera que ya estaba lista. Me monté en la silla de ruedas y respire.

Entramos a la sala de cirugía. Hacía frio, pero nada grave. Los doctores y las enfermeras se movían por doquier, arreglando y organizando. Recuerdo que me sentaron para colocarme el epidural. No era mi primera vez, pero había olvidado el sentimiento. Sentía como si me estuvieran entubando un mercurio frio en lo más profundo de mi ser. No podía ver que estaban haciendo, pero mi imaginación tomo alas y pensé sentir un chorro de sangre que bajaba por mi espalda. (Nada que ver, pero en ese momento mi mente ya no era mía). Contemplé pararme y salir corriendo. Quería sentarme a negociar, mejor que me dejaran la niña dentro, yo no quería que me hicieran nada más a mi cuerpo. Gritos de pánico rodaban de mi estomago hacia mis labios, pero frenaban justo a tiempo antes de salir.

En eso me acostaron, sujetando mis brazos a mis lados, dejándolos inmovil. Las ataduras no me molestaban. Cerré los ojos y trate de respirar. Me sentía como si estuviera bajo un estupor muy grande, peor que cualquier jumo de tequila y vodka. Las olas de nausea fueron arropandome, cada vez más fuerte la marea que caía sobre mi. Mi estomago estaba vació, debido al ayuno requerido para la operación, pero la bilis venía subiendo, lento pero seguro.

Miraba el techo y veía un circulo plástico que asumo era el detector de humo. Mis ojos no lograban enfocar sobre el mismo. Iba y venía, iba y venía. Mi cuerpo me urgía que cerrara los ojos, que dejara que las olas me arroparan, que cediera antes la seducción de caer domida. No.

—yomequedoyomequedoYOMEQUEDO. YO ME QUEDO. YO NO ME VOY. YO ME QUEDO. YO NO ME VOY. YO ME QUEDO. yomequedoyomequedoyomequedo. —Las palabras marchaban fuera de mis labios una atras de otra. Luego de tanto añorar este momento me parecía insolito. No señor, no me iba a dormir.
 

—Me siento mal. Doctor, me siento muy mal. Doctor. ¡Doctor!. — mi clamo era bajo pero intenso, comunicando claramente la urgencia de mis sentimientos. —Voy a vomitar— las palabras brotaron justo antes que me subiera un liquido amargo y caliente, chorreando de mis labios.

Los reflejos del anestesiólogo son impecables. Yo giré la cabeza a la derecha  para no ahogarme en mi propio vomito y ahí tenía él un pañuelo esperando por mi. Al vomitar, sentí que toda el miedo salió de mi ser. Respiraba profundo y sentía una paz que me llenaba, como si una nube me arropara en paz y calma.

—Okay, ahora si. Estoy lista para conocer a mi bebé. ¡Arranquen!— me sentía feliz, estaba a pocos minutos de verle la cara a mi bebé.

Ellos habían arrancado hace rato, me informó mi esposo. El me pasaba su mano por la frente, murmurando palabras de apoyo. Me dijo que ya casi estaba afuera, que solo un poco más.

—Vas a sentir una fuerza. No te asustes, ya casí sale tu bebé.

No sentía nada de dolor, solo una gran impaciencia por verle la carita a mi muchachita.

Hubo un gran revuelo, movimiento, mi cuerpo ya no era de mi propiedad, los doctores metián sus manos en mis entrañas a su gusto.

—MaMa, tranquila. Ya la veo, ahí viene. Ahí viene…

De repente se escuchó un grito, un llanto de incomodidad.

— AY DIOS MIOOO, ES HERMOSA!— NUNCA olvidaré la emoción que retumbaba en la voz de mi esposo al ver a su hija por primera vez.

Mi corazón brinco un palpito. Ya, ya por fin.

Pasaron segundos que se convirtieron en minutos.

—EH. HELLO! ¿Pero ustedes se estarán volviendo locos? Tengo meses esperando este momento, DEJEN DE ESTAR BRUJULIANDO Y TRAIGANME MI MUCHACHA.

Todo eso fue dicho en un tono bastante demandante, el “hello” al estilo Clueless; se me había agotado la paciencia. Estaba más que lista para ver mi bebé.

Por fin, por fin. Me colocaron en mis brazos una pequeña creatura, con ojos grandes y observadores, una cabeza con melena, una cosita chiquitica que no podía creer que realmente era mía.

Mi corazón se reboso en ese momento. Las lagrimas rodaban por mi cara, la felicidad apretaba mi respiración. Nos miramos a los ojos, una mirada de “Eres tu.” Aun no s que habré hecho para que Dios me bendiga tanto, pero en ese momento solo pude darle las gracias por permitirme ser la dueña de esa personita que llegaba al mundo.

Se la llevaron, demasiado rápido. En ese momento mi esposo me abandonó y Claire asumio su lugar. El se fue a supervisar la bebé, mientras que ella se quedó conmigo mientras me cerraban. El proceso de la costura no dolía, pero más bien era molesto. Estaba impaciente por llegar a la habitación a estar con mi hija, por lo que sentía que duraban una eternidad.

Mi cesárea fue un éxito; hacen ochos semanas y no he tenido ningún percance post-operatorio, gracias a Dios. Lo ideal es un parto natural; si, eso lo sabemos. Pero las cesáreas no son malas, no tienen porque ser negativas. Espero que este recuento les sirva a futuras madres, para que sepan que esperar y para que eviten sentirse con miedo. Lo mejor es entregárselo todo a Dios; para mi, ese es el detalle que marca la diferencia.