“Untitled” parte IV

Esta es la parte IV de IV. ¿Perdiste las anteriores? A continuación los enlaces para que estés al día:
Si. Si. Si. Felices, vueltos locos de la felicidad de que llegaba un nuevo miembro a la familia. Agradecida infinitamente de Dios por haberme bendecido con una barriga sana, donde todo saldría bien. Pero lo primerísimo que me dijo el doctor cuando me chequeó era que no podía engordar nada. Nada nadita nada. Estaba iniciando este embarazo con el mismo peso que llegué al concluir el primero.
Hay ciertos mitos que te envuelven:

Ay, en el embarazo se come para dos. | MENTIRA: su bebé tiene un estomago microscópico, con doscientas calorías más de lo que ingesta tu cuerpo usualmente está requete bien.

Es el único momento de tu vida cuando puedes tirar para alante. Después lo rebajes de una vez. | MENTIRA: la azúcar se intensifica en el cuerpo de la mujer embarazada, cayendo fácilmente en diabetes gestacional o conduciendo a una pre-eclampsia, ambas condiciones que pueden afectar a su bebé gravemente.

No importa que engordes, todas las embarazadas son bellas. | MENTIRA: uno va a ponerse más grande como quiera, y se va a sentir como la ballena más grande, ya que hay un ser vivo en su interior. No hay necesidad de agregarle el estrés emocional de culpabilidad que viene cuando uno SABE que se pasó de contento comiendo.

Los antojos hay que saciarlos. | MENTIRA: eso es mental. Al rato se le olvida y será remplazado por otro más urgente.

Los primeros días luego de la celebración y emoción fueron muy difíciles para mi. Tenía un remordimiento tan pero tan grande. Quedé embarazada pesando lo que pesé cuando CONCLUÍ mi primer embarazo. ¿Qué se suponía que iba a hacer por los próximos siete meses? ¿Beber agua con hojas? ¿Y YA?

Pero. Pero. Pero.

Papá Dios pone ángeles en mi camino que me orientan siempre. De la boca de una de mis amigas más queridas salieron las palabras que iban a cambiar el curso de mi embarazo por completo.

Ella tranquilamente me informó que mi cuerpo ya no era mio. Mientras fue mio, yo tuve la libertad de abusar de él, llenándolo de dulces y pizza según mis deseos. Sin embargo, de aquí en adelante, mi cuerpo ya no me pertenencia. Se había convertido en el templo para mi bebé. Lo que yo me comiera no era para mi, era para esta creatura que desde ya necesitaba de mis buenas decisiones para poder sobrevivir, para crecer y desarrollarse.

Yo no dudo que haya sido Dios que le puso cada palabra en la boca a esa muchacha. Era justo lo que yo necesitaba escuchar para entender cuales serían mis próximos pasos.

Ese día tomé la decisión de que no iba a comer más dulces. Yo no se como explicarles el sacrificio que es eso para mi, o que fue en ese momento. La azúcar es adictiva, mientras más la consumes más la pide tu cuerpo. En el momento que yo quedé embarazada estaba en un pico, donde comía dulces a diario. Pero no dique una mentica. No. Yo estoy hablando de un plato de postre tipo los que se comparten en los restaurantes. Básicamente, el que sabe como yo como, o más bien, comía, entiende que estaba requete flaca. Es decir, para lo mucho que yo estaba comiendo, el peso que tenía estaba más que decente. Cero control, cero respeto a mi cuerpo.

Pero dije que ya. Que basta.

Pero María Conchita, no hay que ser extremista. Tu puedes comerte un dulcito los domingos, uno no te va a hacer nada.

No. Yo tengo la dicha de que conozco claramente mis fortalezas y más aun, mis debilidades. Yo estaba muy requete clara en ese momento que yo no me ensuciaba la boca por un chin. Era un momento de tomar una decisión radical: se acabaron los dulces y punto.

Esos primeros días yo estaba dispuesta a darle un trompón a cualquiera. El mal humor y yo eramos uno. Estaba ansiosa, pensaba en todo lo que me quería comer y solo sentía deseos de llorar por no poder ceder a mis caprichos. Las hormonas estaban en su pico, revolviéndose dentro de mi, lo que no ayudaba para nada. Estratégicamente, le anunciaba al mundo de mi decisión cada vez que podía. Soy una persona de palabra: sabía que anunciarlo y luego no cumplirlo me daría una vergüenza horrible, por lo que opté por repetirlo una y otra vez: no, yo no estoy comiendo dulces. No, no, y no.

Luego de varios (demasiados) días de tortura, poco a poco me fui acostumbrando. Fue muy difícil, pero me visualizaba como los caballos; no mirar para ningún lado, no pensar, solo seguir adelante.
Para mi es muy importante contarles esto. Se que no soy ni la primera ni la única en esta situación. Pero lo logré. Y si yo, mujer de carne y hueso con una debilidad horrible por los dulces, lo pude lograr, significa que otras podrán también.
Esta decisión tuve un gran impacto en mi a nivel emocional. Con la primera barriga, yo me paraba frente al clóset a llorar, supuestamente lloraba porque no me servía nada. En ese momento asumía que lloraba porque no tenía opciones de ropa. Hoy día reconozco que lloraba porque sabía que no me servía nada por mi propia decisión y voluntad, por haber comido demasiado sin necesidad.
En esta barriga, cuando algo no me servía, entendía que era algo que yo no podía controlar: mi cuerpo crecía de forma natural para acomodar a mi bebé. Algo que va más allá de mi control. Esto lo aceptaba con calma y tranquilidad.
Quiero aclarar que no soy una persona vacía y vanidosa que llora por ropa; lloro cuando me siento impotente antes una grave metida de pata de mi propia responsabilidad. Son dos cosas muy diferentes.
Mi barriga fue creciendo a un nivel natural, lentamente. El resto de mi cuerpo no creció, como en la primera ocasión. Por esto pude comprar la mayoría de la ropa en Zara, simplemente buscaba tallas más grandes. He tratado de hacer un esfuerzo por tener mi cabello arreglado, pintarme un poquito, ponerme mis accesorios. Todos estos detalles marcan la diferencia en como me siento.
Cada vez que me tocaba cita en el médico iba sin miedo. No tenía dudas, ni estrés de que me darían un boche por portarme mal.
Ha sido muy gratificante poder lograr una meta que se veía imposible e inalcanzable. Para las últimas semanas, hice un cálculo. Si estoy determinada a cuidar mi cuerpo desde el momento que nazca Emilia, entonces no comeré dulces, para poder rebajar más fácil. Ahí decidí que un dulcito un mal día en esta etapa de los últimos días puede probarse. He estado haciendo ejercicios para controlarme. Un chin aquí, un poquito allá. Es difícil, pero poco a poco estoy aprendiendo.
Ya se que soy capaz de mucho más de lo que me imaginaba. No me sorprende que lo que haya impulsado esa fuerza en mi haya sido mi amor hacía mi hija, mi deseo por velar por su salud. Las madres estamos dispuestas a hacer cosas por nuestros hijos que no haríamos por nosotras mismas. Ya, gracias a ella, tengo la fuerza para lograrlo por mi, cuando ella ya no esté en mi vientre.
No la he conocido, y ya le debo tanto con ese aprendizaje que me ha regalado. Es un detalle que ha marcado la diferencia en mi.
  • Que bueno que ahora se que SI se puede dejar de comer dulces. Tengo 16 y amo los dulces, los como todos los días, son mi debilidad. Siempre me he dicho a mi misma que no puedo dejar de comerlos, gracias por hacerme entender que si puedo y felicidades por este logro y por tu bebé 🙂

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