Untitled, Parte III de IV

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Cuantas vueltas he dado para escribir la parte III. Algo en mi reconoce que esto es difícil. Exponerme, dejarme vulnerable. Pero ya es muy tarde para considerarlo. Continuamos.

No se como llegué manejando a donde iba. Pensamientos contradictorios iban rondando por mi cerebro. Eran dos en particular los que se repetían:

-Mi peso no me define ni me hace mejor persona, es solo un número que no debe ser significativo.

-Mier– mano, me pasé. Me pasé de mala manera.

Una cosa es ser una mujer segura de si misma, que se ama tal y como es. Otra totalmente diferente es estar en un estado de negación, queriendo justificar algo que no tiene motivo de ser. Una cosa es jugar con diez libras. Otra fragancia por completo es pasarse por cuarenta y cuatro libras.

Quizás estarán pensando: ¿Pero y como te metiste todas esas libras y no te diste cuenta? Yo no se. Fue pasando de poco en poco, de chin en chin. Yo no vi los números marcarse en el peso, no los VI. No computé esos números que me hubieran gritado PELIGRO, ALERTA, FRENA HIJA DE TU MAMA, SUELTA ese Cookie Pot. No te comas esa pizza. OLVIDA LOS CHOCOLATES BLANCOS DE KAH KOW.

Llegué al evento con el loquero revuelto. En el ascensor me encuentro con un amigo que lucía como diez libras más flaco.

Lo miré a los ojos y creo que ni lo saludé. Abruptamente le pregunté que rayos había hecho para rebajar.

Se ríe.

-Ah, de las pastillitas que vende Fulanito.

Arghhhh. Yo le tengo pánico y respeto a todas las pastillas para rebajar, por un motivo muy sencillo. Las probabilidades de que te de un sincope/patatú existen. Por más mínimas que te quieran decir que son, existen. Entonces: ¿y si me da una cosa? Me avergonzaría pensar que mi hija perdió a su madre simplemente porque esta no supo para la boca y hacer ejercicios, por querer tomar la ruta más fácil. No, esa opción no va conmigo. Pero en ese momento confieso que lo pensé. Estaba desesperada, dispuesta a hacer lo impensable para comenzar a resolver la situación.

Pasamos al evento y entré en auto-pilot, saludando, tomando las fotos de lugar. Estaba ansiosa por salir de ahí. Hice mi recorrido rápidamente y me fui.

Estaba mentalizada que cuando amaneciera iniciaba una nueva etapa en mi vida. Pero. Pero. Pero.

Había algo que me inquietaba. Una duda que tenía que resolver antes de inventar con lo que fuera a hacer para rebajar.

Tenía tres semanas con el busto hinchado. Parecía como si me hubiera puesto implantes. Entre el viaje y demás no me había detenido a darle mucha prioridad hasta la noche justo antes de volar de regreso a casa. Era 11 de septiembre mi vuelo y me cogió con que si estaba embarazada debería de saberlo (si, si, soy media loca, eso no es nuevo). A las 12 y pico de la noche había ido a un Duane Reade a comprar mi prueba de embarazo. El resultado fue negativo. Pero. Pero. Pero. Algo me decía que debería descartar esa posibilidad.

Pues arranqué para el laboratorio a las nueve de la noche. Nor-mal. Que conste que yo ODIO que me saquen sangre, hago crisis de nervios y trato de evitarlo lo más posible. Pero era una mujer con una misión en ese momento. Mi miedo quedo a un lado y fui a resolver.

La cajera me preguntó que cual de las dos pruebas me hacía, si la cualitativa o la cuantitativa (una dice si está o no en estado y la otra dice cuanto tiempo tiene). Le dije que la cuantitativa. Bien. Me sacan mi sangre (primera vez en la historia que no lloré, comprobando una vez más que todo en la vida es mental) y me voy. Se supone que los resultados estarían listos para las 12 de la noche. Saliendo del laboratorio me llama mi esposo, preguntando que donde andaba.

-Saliendo del laboratorio, me vine a hacer una prueba de embarazo para descartar porque mañana me voy a poner a dieta agresiva, así que prepárate.

Respiró profundo.

-Tu si inventas. Ven para tu casa ya a añoñarme.

Llegué a mi casa, nos pusimos a conversar y al poco rato el cansancio nos venció.

Al otro día me despierto y había olvidado por completo los resultados. Despacho la niña para el colegio y me pongo a trabajar en la computadora. Al rato, mi esposo me grita desde el baño.

-¿Y tus famosos resultados?

Le escuchaba la risa en la voz, pues como sabía que me había hecho la prueba en NYC y que me había dado negativo estaba loco por relajarme que me había sacado sangre sin necesidad.

-Ay, ¡verdad!

Saco el papelito, ingreso el código en el portal y contemplo la pantalla. En ningún lado decía un simple “si o no.” Lo que veía era un rango. Con números. Lo cual, a mi entender, indicaba que estaba embarazada. PERO. Pero, pero, pero. Yo no estaba mentalizada a que estaba embarazada. Así que mi amiga íntima, la Negación, invadió mis pensamientos una vez más.

-Rafael Salvador.

-Diga, me contesta desde el baño.

-Yo estoy en el rango.

-¿Cómo así?

-Bueno, que hay un rango y yo estoy dentro de el mismo.

-¿Cómo así?

-Hermano. Estoy dentro del rango.

Se EXPLOTA de la risa.

-¿Cómo así?

Le corté los ojos, estaba impaciente por confirmar el asunto. Le escribo un whatsapp a una de mis amigas que ya tiene tres bebés para que me confirme el dato.

En eso mi esposo como que entra en razón y llama al doctor. A todo esto yo estoy sentada en la cama, mirando fijamente la pantalla. No me he movido, no he pensado, no he interiorizado nada. Solamente estoy sentada en la cama, esperando.

-Buenas. ¿Doctor? Le habla Ray Fernández. Mire, María Conchita se ha hecho un prueba de laboratorio y necesitamos que nos ayude a interpretar los resultados. Son unos números, aquí se los paso. Aha. Aha. Oh. Entonces usted dice que está embarazada. Ah. Que MUY embarazada. Ocho semanas. Ah. Bueno, pues por lo visto nos veremos muy pronto.

A Ser Continuado…