Untitled, Parte II

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Entonces, como les decía. Llegamos del viaje de Nueva York. Era jueves o viernes. Nos pasamos el fin de semana hibernando, trancados con #lahijadelapeccata, en pijamas todo el mundo. Parece que todas las libras se estaban “melcochando”, preparándose para hacer su debut. Ese lunes, yo amanecí en-cen-di-da. Mi método de verme el estado de mi cara es sencillo: yo me tomo una foto. Hoy día la práctica tiene nombre/apellido/hashtag pero yo tengo siglos tomando #selfies. No confío en el espejo. ¿Por qué? He aquí parte de la raíz del asunto.

 

Mi mamá nos hizo un daño a mi y a mis hermanos. Nosotros sufrimos de auto-estima demasiado alto. Esa señora se ha pasado la vida diciéndonos lo lindos y bellos que somos. Sin compararnos con nadie, de una forma natural, como solo una madre puede hacerlo. Ella se encargó de que nosotros nos amemos tal y como somos. Quiere decir que cuando yo me veo en un espejo, yo me veo bella. Yo me siento hermosa, gorda o no. Se puede escuchar absurdo, pero no puedo explicarles las multitudes de veces que me he probado ropa en tiendas y me quedo en shock, SHOCK total, de que no me quede perfecta. En mi cabeza, mis caderas iban a quedar pintadas en ese cuadrito de tela. Parece que mis ojos le hacen un rebaje total a mi cuerpo, no se, pero cuando me veo me siento así.

 

Con las fotos es otro asunto, me veo y soy objetiva. Ahí es que veo claramente que tantos potes poderosos van a requerir mis cabellos, o que tanto labial rojo necesitará mi cara. Les explico todo esto pues quiero que entiendan algo muy claro: sobre-peso o no, yo no me siento avergonzada de mi cuerpo. Quisiera tener una formula mágica, una receta que pueda compartir con el mundo para explicar como se logra sentirse así. Honestamente, no lo se. De adolescente recuerdo que sí, había algo que no me gustaba de mi cuerpo. Específicamente,  me molestaba mi busto, pues era demasiado grande y no iba con mi espalda, que es pequeña. Comprar un traje de baño era un episodio traumático que aun no logro superar. En cuanto resolví eso (pueden pulsar aquí y leer sobre esa experiencia) comencé a sentirme sumamente feliz con mi cuerpo.

En los últimos diez años he tenido momentos donde he estado más ligera que otros. Ocasiones donde he cambiado mi régimen alimenticio con propósito de bajar de peso, quizás para un evento especial o para borrar excesos de comedera. Siempre he jugado con diez libras, subiendo y bajando según mi estado emocional.

En esta ocasión, se fueron juntando. Poco a poco, de chin en chin fue subiendo el peso, pero no habían intervalos de “déjame ponerme en esto, déjame dejar de comer tantos dulces.” Hasta llegar a aquel lunes luego de mi viaje a NYC.

Esa mañana recuerdo que tuve que sacar varias opciones al momento de vestirme. Usualmente, me baño y elijo el atuendo de una. Se firmemente como quiero lucir, no me gusta estar poniéndome y quitándome ropa (les juro que eso me provoca calor y hasta deseos de bañarme de nuevo me dan). Pero esa mañana no me cuadraban los atuendos.

Pasa el día, hago todo lo que tengo que hacer y regreso a mi casa a cambiarme. Tenía un cóctel de trabajo, del cual tenía que hacer cobertura para una de las cuentas con las cuales trabajo. Saco un vestidito y no me cuadra. Saco otro y tampoco. Otro. Cuando vengo a ver, nada de lo que estaba limpio me quedaba. Como había llegado del viaje, todo lo que me pudo haber servido estaba sucio. Tuve que hacer un invento con una falda negra y una blusa, todo esto a millón pues estaba bajo presión de que me podía coger el tapón, la niña pidiéndome que le imprimiera algo de la tarea; la doña que trabaja en mi casa tocándome la puerta, recordándome la lechosa del “don” para el desayuno: en el medio de todo esto, me nace un impulso de pesarme. El peso de mi casa está en el baño, olvidado eternamente por mi. No me gusta pesarme, siempre he preferido llevarme de la ropa y de como me entalla. Vivir ese momento donde nada me cuadraba me causó un sentimiento frio en el estomago, no podía quedarme con la duda. Me subí y vi un número que solo había visto una sola vez en mi vida. En ese momento, aquel lunes después de llegar de NYC, el peso leyó el mismo número que había tenido diez años antes, cuando iba a dar a luz a mi primera hija. Un número que nunca me imagine volver a ver, pues engordé cuarenta libras con ese embarazo. Estaba a cuarenta y cuatro libras de mi peso más feliz. Treinta y cinco libras de mi peso más robusto. Fue insólito. Una locura, imposible de entender y analizar.

No había tiempo de sentarme a analizar lo que estaba sucediendo. Agarré mi cartera y salí, con un torbellino de emociones revolcándose en mi, con un pensamiento principal que me retumbaba a gritos.

¿Y ahora?

A ser continuado.-